Flautista Anti Hamelin

Categoría: Reflexiones

  • La ecuación del afecto:

    Por qué la RAE (y tu estómago) te están mintiendo sobre el amor.

    Todos hablamos del amor. Pregonamos con ligereza estar o no enamorados de otra persona, pero si nos detenemos un segundo a exigir una definición rigurosa, el lenguaje y la mente empiezan a tambalearse. Hemos mitificado el concepto bajo un arsenal de clichés edulcorados y términos idealizados: «almas gemelas», «medias naranjas» o, para los más modernos y seriéfilos, «medias langostas». Todos nos hemos referido a él con esta terminología en algún momento de debilidad comunicativa. Pero si despojamos al término de su misticismo y de la literatura barata, la pregunta sigue ahí esperando para ser respondida: ¿Qué es, desde una perspectiva objetiva, el amor? ¿Qué se siente realmente cuando se está enamorado y cómo diablos se identifica sin caer en el autoengaño?

    Si consultamos a la RAE en busca de precisión, el resultado es francamente decepcionante. Su definición es un compendio de vaguedades conceptuales que poco esclarece sobre una abstracción tan compleja. Al llegar a su entrada en el diccionario, uno experimenta una especie de desazón intelectual; esa no es ni por asomo la respuesta que se está buscando.

    Efectivamente, digo «la respuesta que estás buscando» porque, seamos honestos, el ser humano es un animal cognitivamente vago. Nos fascina la comodidad de que nos den las definiciones (y las cosas) hechas, empaquetadas y listas para consumir. Queremos una plantilla universal donde encajar nuestra experiencia. Pero lamento mucho informarte de que para este y muchos otros conceptos, es necesario ir más allá.

    Me arriesgaría a teorizar que existen tantas definiciones de amor como individuos hay en el planeta. No todos sienten el afecto de la misma manera ni bajo los mismos estímulos. Es más, si analizamos una relación de pareja cualquiera, es muy probable que cada uno de los pares lo experimente de forma sutil o radicalmente distinta. Y aun así, es lo que es: amor.

    También están los que caracterizan al amor como «mariposas en el estómago». Desde un análisis puramente fisiológico y racional, me arriesgaría a afirmar que lo que se siente en el aparato digestivo no es el revoloteo de una pequeña colonia de mariposas, sino el fruto del nerviosismo más primario ante una situación novedosa. Es una respuesta del sistema nervioso simpático, un pico de cortisol y dopamina. Por definición, esa sensación es caduca; el cuerpo humano no está diseñado para mantener un estado de alerta biológica de forma indefinida. De ser así, creedme, acabaría mal.

    ¿Significa esto que el amor en sí mismo es caduco? No -respondiendo con literalidad a la propia pregunta- , pero puede llegar a serlo. Lo que ocurre es que el amor evoluciona y, por ende, la forma de procesarlo también debe cambiar a modo de adaptación al medio. Digamos que se manifiesta de forma variable a lo largo del tiempo.

    Cuando la emoción inicial se disipa, es cuando aparece el verdadero tejido del afecto. Aunque no lo puedas definir en una línea, sabes que está ahí por sus efectos secundarios: la otra persona te aporta una tranquilidad infinita, un espacio anentrópico. Existe la certeza de que siempre va a entender tu psique -o al menos a entender y respetar su lógica- porque te conoce a fondo y estará ahí para apoyar tus decisiones racionales o vitales.

    Si tuviera que sintetizar mi propia definición, diría que el amor no opera como una emoción aislada o una mera sensación pasiva. El amor es un sistema cerrado, un kit, un pack de piezas interconectadas que incluye una necesidad -y en esto soy rotundo- imperiosa de ejecución: dar a la otra persona lo que necesita para que se sienta bien. Hablo de una lealtad estructural, complicidad sin dobleces, comprensión literal y un soporte incondicional. Al menos, eso es lo que yo aprecio cuando digo que estoy enamorado. «Necesito» que la otra persona se sienta bien y sea feliz a toda costa, aunque ello suponga que yo no lo esté en determinados momentos. El mero hecho de cumplir esta misión me genera una satisfacción infinita que nada más me puede generar. Aunque esto implica cierta desavenencia para mi persona, la balanza no simplemente se equilibra sino que mi mundo entero lo hace.

    Al final, amar no es tan solo flotar en una nube química; es la decisión lógica y consciente de construir un refugio mutuo frente al ruido ensordecedor de ese rebaño que el mundo pretende que conformemos.

    Dedico esta primera publicación:

    En primer lugar, a mi mujer y mi hijo, mis dos amores en mayúsculas, y a mi familia, que siempre está ahí cuando las cosas se complican.

    En segundo lugar, a mi Posada en el Camino. Sin él, este y muchos otros proyectos que están comenzando no hubieran sido posibles.